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Altitud: 1.054,7
m.
Censo Habitantes: 72
Distancia de la capital: 130 Km. |
Rillo de Gallo
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El lugar y sus gentes
El río Gallo que le presta el sobrenombre pasa por las inmediaciones de
Rillo, pero es el arroyo Herrería, o del Sauco, el que le lame los pies por
el mismo pueblo; arroyuelo que como tantos debe mantener su cauce seco
durante largas temporadas, según le sea adversa o no la climatología.
La que sí atraviesa el pueblo por sus orillas, todo él y a lo largo, es la
carretera de Alcolea del Pinar a Molina. Desde Rillo, las torres del
castillo molinés no sólo se tienen a la vista, sino casi al alcance de la
mano, dada la escasa distancia que separa al pueblo de la capitalidad del Señorío.
Debido, tal vez, a esa privilegiada situación que ya se apuntó y no
tanto a la buena calidad de su vega, Rillo es uno de los pueblos molineses más
vivos y con mayores perspectivas de salir adelante, aun sin tratarse de un
pueblo grande, que nunca lo fue, pero significativo y principal dentro del
variopinto puzle de pueblos y tierras que dan forma a las sexmas molinesas.
Uno viaja con la idea preconcebida de que los pueblos de paso como Rillo
suelen ser por lo general un mero escaparate. La experiencia demuestra que
no es así. Rillo de Gallo, dentro del mismo lugar en donde vive la gente, y
más aún en diversos parajes de su término, tiene mucho que ver y mucho
que enseñar. Es preciso salir al campo cuando se va a Rillo y se han visto
y recorrido sus primeras calles en cuesta, y se ha contemplado en su plaza
Mayor la fuente de don Calixto y el callejón del Arco que, sobre todo lo
demás, la distinguen. La fuente pública de la plaza del pueblo es a la vez
monumento a la persona que la mandó instalar y costeó a sus expensas (sic)
a primeros de siglo. Don Calixto Rodríguez fue ingeniero de montes y
pionero de la explotación resinera en la comarca, quien, a cambio de votos
para el Parlamento nacional en tiempo de Romanones se volcaba por aquellos
pueblos en beneficio propio con obras como ésta: «A don Calixto Rodríguez,
el pueblo de Rillo. 1911», dice en la carteleta de bronce bajo su busto del
mismo metal. La fuente surge abundosa y clara por cuatro caños a la vez
sobre sus correspondientes piloncillos de piedra bien labrada.
Pero salgamos, pues, al campo con dirección norte a contemplar in situ
los restos arqueológicos que hay en su término; plato fuerte de la visita
a Rillo y que una buena parte de quienes allí van se quedan sin ver.
Bordeando de cerca el cauce del río Viejo nos vamos adentrando en la zona
pinariega que hay más allá de las sabinas, una tierra pedregosa, insólita
y espectacular. Por alguna de aquella colinas próximas se cree que estuvo
la ciudad de Manlia, o Molina la Vieja, de la que no queda nada.
Algo más adelante y sobre unas peñas cercanas a los pinos hay pinturas
rupestres en el abrigo, que hace años descubrió don Agustín González,
actual párroco de Atienza y hombre experto en hallazgos prehistóricos y en
piezas valiosas de Paleontología, tan frecuentes, por otra parte, en los
bancales y en las solanillas del campo de Molina. Sobre otras peñas en el
mismo recorridos, se ven marcados signos extrañísimos, para mí que son de
la misma época de los que no hace mucho pudimos ver en la cueva de la Peña
Escrita de Canales, tan cerca de allí.
Andemos un poco más sobre otro altillo, ahora en la orilla opuesta del
arroyo. Le llaman al lugar el poblado de Villacabras, y es, en una extensión
no menor de medio kilómetro cuadrado, lo que queda de un castro antiquísimo,
al parecer legado de la civilización celtíbera. Las piedras de Villacabras
fueron desapareciendo de su sitio poco a poco, las emplearon en otros
menesteres y acabaron en los paredones de algunas tainas de ganado que también
han desaparecido. Se ve cómo surcan la superficie de la roca los canalillos
por los que corrió el agua de la que se sirvieron sus habitantes, los
aljibes perfectamente horadados y la escondida cimentación en mitad del
matorral. Datos y más datos sobre los que investigar, piedra sin edad
reconocida que guarda en su tono gris todo el misterio y todo el encanto de
lo desconocido, trabajo al fin para la imaginación y para montar cábalas
acerca de su antigüedad y de su historia, de la que por allí hay tanto que
nos gustaría saber.
La historia
Cerca del pueblo, aguas arriba del arroyo Viejo, se encuentran los
restos, ya mínimos, de un castro celtíbero en el que aparecieron cerámicas
y objetos metálicos que probaban su habitación y uso durante varios siglos
antes de Jesucristo, y algunos después; también las señales del Castro
fortificado incitan a antiguos cronistas hacia la idea de que allí había
habido un fortísimo castillo. Parece ser que esta tradición fue siempre
tan firmemente respetada, que hasta el siglo XVI y aún después, los
moriscos residentes en Molina se dirigían en romería a Rillo porque ellos
también creían que en esas ruinas estaban los fundamentos de su antigua
mezquita. De una manera cierta, sólo puede pensarse que Rillo es obra de
repoblación sobre su término de tradicional ocupación de pueblos autóctonos.
No tiene más historia que esa.
El patrimonio
Entre sus edificios, algunos de severo carácter popular molinés,
construidos con fuerte sillar de tonos rojizos que abunda en los contornos,
destaca la iglesia parroquial, pequeño edificio con espadaña a poniente y
sencilla puerta semicircular al sur, que recuerda sus orígenes medievales;
la casona de los marqueses de Embid, de severas líneas tradicionales, con
magnífico escudo barroco sobre la puerta; y en el centro de la plaza la
fuente dedicada como monumento a D. Calixto Rodríguez, prohombre del pueblo
(sic), que muestra sobre el pilón un podio elevado, sobre el que aparece el
busto en bronce, erigido todo ello en 1911.
En su término se encuentra la dehesa de Villacabras, por la que sostuvo
largo y Famoso pleito el pueblo contra el Común de Molina, en orden a su
aprovechamiento ganadero. Dentro de ello está la ermita de Nuestra Señora
de la Carrasca, y junto al río Gallo, en fértil terreno hortícola, aún
permanece el caserío de la Serna, que fue importante núcleo, por rico y
estratégico, desde la Edad Media, habiendo pertenecido a los Mendoza de
Molina, y a los Ruiz de Molina, incluso a los obispos de Sigüenza, de los
que pasó en mayorazgo a los Salinas y Castejón de Andrade.
Todavía dentro del término de Rillo, en el barranco que forma el arroyo
Viejo, aparece un corte perfecto de terrenos en el que puede estudiarse geológicamente
el desarrollo del planeta. Se han encontrado, entre otras curiosidades,
troncos fósiles de coníferas de la Era Primaria y huellas de grandes
reptiles en las arenas triásicas. Recientemente, se han encontrado en una
cueva del término, diversas pinturas «postpaleolíticas» del área del
arte rupestre levantino.
Antonio Herrera Casado y José Serrano Belinchón. (NUEVA ALCARRIA)
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Una corrección al texto anterior: Evidentemente D. Calixto Rodríguez
no era "un prohombre del pueblo", ni tampoco "costeó a sus
expensas la fuente pública". No obstante, supo elegir una plaza como
la nuestra, entre todos los pueblos de la comarca, para colocarse el busto.
Se hizo el monumento en la traída de aguas al pueblo, con los ingresos de
la resina de Rillo de Gallo, que sí explotó él por primera vez. D.
Calixto Rodríguez y García fue diputado por el partido republicano en las
Cortes de 1898 con 8.566 votos, en el distrito de Molina. Se presentó con
la candidatura del Conde de Romanones, que lo hizo por Guadalajara-Cogolludo.
Más tarde, en 1910, se enfrentaron por el Distrito de Molina siendo
derrotado por primera vez en una elección popular el Conde de Romanones
(5.406 votos D. Calixto y 5.144 el Conde).
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